La Casa Maldita.

El mar rugía el nombre de todos aquellos que durmieron para siempre en las gélidas aguas del Mediterráneo. Mi abuelo fue uno de ellos, Alfredo Castemar Pérez, se aventuró a visitar la casa llamada “Cortaluna” cerca de un acantilado en Cabo de Palos. Yo, Pablo Castemar, nieto de Alfredo Castemar Pérez, estoy mirando a la casa que hace cincuenta años devoró a mi abuelo. No sé nada da él, pero Manuel Cervantes, mi profesor de Lengua y Literatura, que lo conoció por ser muy amigo de mi padre, me decía que aquella aventura era por un amor de antaño. Siempre he apreciado la labor de Manuel Cervantes que hizo cuando me dirigía de noche a “Cortaluna”, antes de entrar me agarró y me llevó lejos de aquella casa. Mi vida transcurre el dos de Julio en el banco que da al frente de la casa de Cortaluna. Mi pasión es leer y escribir libros, algún día seré un gran escritor como lo es Arturo Pérez Reverte. Son las doce del mediodía y Begoña Salas, mi vecina viene a saludarme.

– Buenos días Pablo -me dijo entrando por la puerta de la verja.

– Buenos días Bego -le dije dejando de escribir.

– ¿Qué haces? -preguntó sentándose a mi lado -¿Puedo leerlo?

– No está completo –

Pero ella no hizo caso y lo cogió y empezó a leer en voz alta. Yo miré a la casa de Cortaluna e intente imaginarme lo que Bego me describía lo que había escrito en mi cuaderno.

– “Las olas chocan contra estribor y babor. Estoy solo, el mar y la sal, son mis únicos acompañantes en esta travesía. ¿A donde voy? No puedo saberlo ¿Porque lo hago? Ese tema es algo que nunca lo entenderé. Estoy solo, intento ponerme de pie, pero el agua hace que pierda el equilibrio. Es una tormenta de verano, de las que se producen en el Atlántico y no en el Mediterráneo. Quedan dos horas para que el sol deslumbre el mar de La Manga, aún queda un travesía de mar hacia “Cortaluna”. ¿Volveré? No lo sé. Solo sé que estoy manteniendo una dura batalla entre el mar y mi vida, entre llegar a la orilla opuesta y poder volver con mi familia. ¿Cuando? Aún no he empezado con la aventura…”

Begoña terminó de leer y yo abrió los ojos. Ella estaba con el cuaderno en la mano y una lágrima salió de su ojo.

– ¿Que pasa Bego? –

– Nada…es que…está muy bien. Sigue así, serás un buen escritor -dijo, secándose las lágrimas con la manga de la blusa.

La vi levantarse y volver al camino. Antes de caminar, me dirigió una triste despedida. Yo me quede en silencio, luchando contra mi propio mar, viendo como el mar reclamaba lo que era suyo, viendo como “Cortaluna” se reía de mí…y de mi abuelo.

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