Century

El pueblo de Century parecía estar tranquilo aquella tarde, pero estaban equivocados, un rugido perteneciente a un motor cercano interrumpió la calma que había reinado durante toda la tarde. Al parecer, una furgoneta del 97, subía por la cuesta de la plaza del ayuntamiento del pueblo. Agorás, mudanzas y transportes era lo que se leía en una de las puertas delanteras. Los transeúntes que paseaban por la plaza detuvieron sus conversaciones y observaron expectantes la llegada de la furgoneta que llevaba a la familia Walters, los nuevos inquilinos de la casa del Risco. Mucho se contaba de aquella casa, pero los del pueblo decidían hacer oídos sordos ante las leyendas que corrían por los tabiques de aquella extraña casa. El cabeza de familia, Arthur Walters, salió el primero de la furgoneta. El varón de la familia era alto, de cabello pelirrojo, mirada perdida, y llevaba unas gafas que realzaban su perfil de escritor.

–         ¿A que no es una maravilla? –preguntó inspirando profundamente mientras el resto de la familia se bajaba del coche

–         Sí, igualito que en los posters que nos enseñasteis, papá –comentó una adolescente de dieciséis años nada más ver la escena del pueblo.

–         Ya verás como al final terminas por acostumbrarte a la nueva vida que nos espera –predijo el escritor.

–         Señor, Walters, ¿necesita que le llevemos las maletas hasta la casa? –preguntó un empleado de Agorás

–         No, nada más. Gracias Ryan –agradeció Arthur –bueno, pues pongámonos manos a la obra –dijo el padre nada más coger sus pertenencias de la furgoneta.

Verónica Walters cogió sus dos maletas y siguió a su padre, acompañado por su hermano pequeño Daniel, que llevaba un Action Man en la mano mientras que con la otra llevaba una maleta pequeña. La casa del Risco era de dos pisos, con dos ventanas, y una puerta casi destruida, al parecer aquella casa había sido deshabitada durante muchos años.

–         ¿En este cuchitril vamos a instalarnos? –preguntó escépticamente la muchacha

–         Con una mano de pintura y de limpieza podremos devolverle su esplendor original –argumentó Arthur entrando en la pequeña parcela que hacía de jardín para la casa –vaya, parece que necesita una verdadera mano de pintura…Tendré que revisar el sistema del cableado y del agua.

–         Aquí tienen un gran problema de cañerías –opinó Daniel

–         Y que lo digas. Dejad las maletas en un rincón. –indicó su padre

En menos de un cuarto de hora, el piso inferior de la casa estaba ordenado y más o menos limpio. Eran las siete de la tarde, y Arthur decidió encender velas y preparar algo para comer.

–         ¿Señor Walters? –preguntó una voz juvenil

–         Sí estamos aquí –le respondió la voz grave del padre de los Walters –tú debes de ser…

–         Edward Grease, el hijo pequeño de Óscar Grease, somos vecinos a un par de kilómetros –contestó el chico sonriendo y tendiéndole la mano al padre de los Walters –encantado de conocerle, señor

–         El placer es mío jovencito. Mira, te presento a mi hija Verónica y a mi hijo Daniel. Chicos, este es Edward Grease, el hijo de nuestro vecino

–         Encantado, Verónica y Daniel –dijo el joven mirando intensamente a la chica turbándola

–         H-Hola, Edward, encantada –contestó la chica

–         Bueno señor Walters, venía para saber cómo están las cosas, si no hay ningún problema me marcho, adiós señor Walters, adiós Verónica, adiós Daniel

–         Adiós joven –dijo Arthur despidiéndose

Verónica le vio partir hasta que se perdió en la distancia. Aquella mirada no era de un ser humano normal y corriente, era una mirada extraña, especial, una mirada inhumana. Mientras Arthur preparaba algo de comer, la radio que había traído desde su pueblo de origen sonó con la canción de “Tutti Frutti”.

–         ¿No funcionaba la luz? –preguntó indecisa la muchacha

–         Eso parecía –comentó Daniel encendiendo un interruptor.

Un leve parpadeo hizo que los tres Walters apagaran las velas para empezar a ordenar el cuarto con más detenimiento y más  fondo. Verónica se encargó de pasar el aspirador y la fregona por todo el suelo del primer piso mientras que Daniel y Arthur se dedicaban a pintar las habitaciones, contando con el comedor, la cocina y una pequeña sala que hacía de cuarto de las reuniones. Cuando los tres Walters terminaron de limpiar, cada uno ocupó su territorio con sus pertenencias.

–         ¿Qué hora es? –preguntó Daniel

–         Son las ocho –respondió Arthur –y aún nos faltan los cuartos de arriba.

–         Pues manos a la obra –decretó el muchacho subiendo los escalones

–         Papá, voy al pueblo a comprar la comida de  mañana –dijo Verónica

–         Buena idea, ¿Llevas dinero?

–         Sí. Enseguida vuelvo

Las farolas de la calle ya se habían encendido pues la noche había llegado a Century. El supermercado no cerraba hasta las onces, así que Verónica aprovechó para ir viendo el pueblo, mientras compraba algunas cosas para el desayuno del día siguiente. De pronto distinguió entre la gente a Edward Grease viendo algunos puestos de frutas. Deliberadamente se fue acercando a él poco a poco.

–         Verónica –dijo el chico

–         Hola, Edward

–         ¿Comprando para mañana? –inquirió el chico sonriendo pícaramente

–         Sí…ya sabes como hay que tratar a un padre y a un hermano –explicó la muchacha cogiendo naranjas

–         Alto, alto…esa no. ¿Ves? –

Al parecer, Edward se había percatado de que la muchacha había cogido una naranja que estaba en mal estado

–         Si pretendes  alimentar mañana a tu padre y a tu hermano, será mejor que no les des esa naranja –argumentó el chico dejando la fruta junto a sus hermanas frutícolas

–         ¿Vivís cerca de nuestra casa? –preguntó Verónica

–         A tres kilómetros, no es mucho, pero se pasa divertido si paseas bajo un camino de árboles gruesos y fuertes. Vivir con mi abuelo no es sencillo, está enfermo, y bueno, el pueblo no es muy agradecido con él –un extraño brillo surcó los ojos del muchacho

–         ¿Qué pasa con el pueblo? –inquirió la chica observando los ojos de su amigo

–         Es una historia larga, mitos, leyendas…ya sabes, cada pueblo tiene una. Mi abuelo sabe mucho a cerca de este pueblo, es el que más sabe de aquí. Pero seguramente no te gustará oírla, eres todavía muy pequeña para escuchar eso…

–         ¡Tengo dieciséis años! –casi grito Verónica enojada

–         Era broma, pero seguramente no te gustará oírla, es un poco…tenebrosa –

–         Quisiera oírla algún día

–         Sí, lo harás, no te preocupes, ¿Por qué no mañana? Te recojo y te lo explico todo mientras te enseño el pueblo

–         Pasa a por mí a las diez, a las nueve habré empezado a maquillarme,

–         Pues paso a por ti a las diez. Hasta mañana

–         Adiós, Edward.

Nada más perder de vista a su recién amigo, la que se encargaba del puesto de frutas le dirigía una mirada simpática y amigable

–         ¿Sois la nueva familia? –inquirió la humilde señora sonriendo

–         Sí, lo somos –

–         Pobre chico, el pueblo no le trata bien a él, y mucho menos cómo está de salud. Edward tendría que estar en la universidad, sacándose su carrera, pero los infortunios de su abuelo le han truncado sus planes. Por cierto me llamo Margaret, la frutera. El pueblo es bonito, sobre todo por estas fechas. ¿Quieres algo más?

–         No, nada más, gracias Margaret.

La chica se dirigió hacia su casa cargada por todo lo que había  comprado en el mercado del pueblo. ¿Qué le pasaba al abuelo de Edward?

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