Abre los ojos y despierta.

Edward parecía no haberse dado cuenta del desconcierto de la muchacha, que miraba asustada a su alrededor. La mirada del chico se elevó y vio con claridad lo que estaba pasando en ese preciso instante, Verónica, miraba hacia las sombras. Algo había despertado de la oscuridad, algo que había quedado olvidado y había vuelto a reclamar lo que era suyo desde tiempos inmemorables. Inmediatamente cerró el libro y la corriente de aire frío cesó por completo, y la luz volvió a inundar la estancia, volvió a su luminosidad anterior.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Verónica asustada

– No digas que ha pasado, di mejor ¿Qué es lo que hemos echo? –

– ¿Por qué? ¿Qué pasa? -empezó a asustarse aun más la muchacha

– Ven conmigo, rápido -reclamó el chico instando a que Verónica se levantará de la silla.

Los dos adolescentes abandonaron la estancia oscura y enfilaron el largo pasillo hacia el exterior de la biblioteca. La anciana Astrade, la señora de la recepción, apareció de inmediato al gira la esquina de una de las estanterías de la sección 12.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó la amable señora en cuanto Edward y su amiga aparecieron por la esquina

– La han descubierto, saben que está aquí-dijo Edward zarandeando a Verónica para mostrársela a Astrade.

– ¿Quien me ha descubierto? –

– No hay tiempo para explicaciones, niña, tú vida corre un serio aprieto. Te reclaman a tí –

– Voy a hablar con él -dijo Edward con un tono de voz convincente y decidido.

– Edward, nada de lo que hagas puede darte la razón delante de él, necesitas a Miguel o a Gabriel, y lo sabes ¡Edward! -alzó la voz la bibliotecaria, dañando los oídos de la muchacha

– ¿Qué está pasando? -gritó Verónica

– Vamos, niña, cuanto antes estés en casa mejor será para tí –

Nada más salir de la biblioteca, Verónica enfiló la mirada al cielo, este se estaba volviendo oscuro, como si el sol se escondiera de lo que estaba sucediendo y las nubes negras amenazaran tormenta. Algo estaba pasando en aquel extraño pueblo. Nada parecía tener cabeza ni pie, nada de lo que estaba viviendo Verónica parecía tener sentido.

– No debía de haber echo eso. Edward siempre tan manipulador con las cosas -refunfuñaba la pobre mujer

– ¿Qué no debía de haber echo qué? -se interesó Verónica

– Leer el libro maldito por el diablo -contestó la mujer

Aquel nombre entró como un cuchillo desgarrador en las puertas del cielo, las nubes se abrieron para dejar paso al mar de agua de lluvia y la tormenta empeoró el panorama del pueblo. Todos abandonaban las calles para entrar en sus hogares y protegerse de aquella extraña lluvia y de sus rayos. La casa del Risco Alto se intuía a lo lejos, entre la maraña de agua y de edificios. Las calles estaban vacías, no había gente, parecía desierto salvo, Astrade y Verónica. Algo estaba pasando, eso era previsible pero no sabía hasta que punto podía ser grave la cosa. Llegaron a la misma puerta de la casa del Risco Alto y apareció Arthur y Daniel para saber que era lo que estaba pasando.

– Verónica -gritó Arthur -¿Qué está pasando? –

– Entremos dentro -alcanzó a decir Astrade

– Papá -dijo en un hilo de voz Daniel -hay alguien observandonos hoy fuera

Todos miraron a la dirección que había señalado el muchacho, pero no había nada. Verónica sabía lo que había visto su hermano.

– Yo sé que ha visto algo, papá –

– ¿Cómo lo sabes, Vero? -preguntó su padre

– Porque yo también lo he visto

Con aquella contestación, todos entraron en la casa ajenos a la tormenta que devoraba las calles de Century. Astrade tomo asiento dispuesta a contar toda la historia que no sabía a cerca de Century y acerca de la Casa del Risco Alto.

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